A cinco minutos del ‘Lexatin’

De ese lado del problema el aire ahoga y el cuerpo reacciona. Hormigueos, rigidez muscular, falta de aire, pulso acelerado y confusión interna. Y todo comienza con un sutil miedo, ese mecanismo de defensa que nos ha permitido sobrevivir durante tantos millones de años.

Hay mujeres que lloran en el semáforo. ¿Las conoce? Las distinguirá porque tienen las manos apretadas al volante, como buscando algo real, algo tangible y certero en toda su vida. Ansiosas por encontrar un punto de apoyo o ancla, sintiendo la textura del manubrio con la esperanza de sentirse un poco vivas.

La mirada dirigida con firmeza al parabrisas, pero no están ahí. De verdad. Por más que las vea estoicamente sentadas al mando del vehículo, no están ahí. Y con el semáforo en rojo, llega la pausa de la vorágine. Y como si tuvieran una tos, una convulsión, largan solo tres lágrimas, que ya se puso en ámbar y hay que seguir con la vida.

A punto de estallar

A cinco minutos del Lexatin, está el cuerpo pidiendo colgar la capa de superhéroe, alzando la bandera blanca en señal de derrota. Una de las primeras señales de que esto no está bien. De que, tal como están las cosas, el semáforo debería haber quedado en rojo para extraer el agotamiento mental con total libertad.

También está la desesperación de verse engullido en miles de cosas que no llenan ni se eligen y la angustia de no saber cómo salir de ellas.

Y un día, esas señales se convierten en una agitación extraña, un respirar sin aire, un grito aullado fuera de lugar.

El diálogo interior se vuelve bullicio que aturde. Pierde sentido de lo que es real y lo que elucubran esas voces internas.

Déjeme decirle que el 95% de los miedos se generan en nuestra cabeza y no existen. De verdad, no existen. Claro que eso se descubre después de haberlos atravesado. Mientras tanto son un muro inmenso a punto de caerse en nuestra cabeza.

Y todo comienza con un sutil miedo, ese mecanismo de defensa que nos ha permitido sobrevivir durante tantos millones de años. El miedo es bueno. La ansiedad carcome.

Así que el cuerpo reacciona de mil maneras diferentes preparándose para huir del león, pero no hay león. Hay un mail, una factura, una discusión que son la mecha. Pero la explosión ya la estaba esperando.

A cinco minutos del Lexatin están los “no” mudos. Los miedos a que el dinero no alcance, a descubrir que se ha perdido avanzando hacia el costado, con el objetivo cada vez más lejano.

A cinco minutos del Lexatin están los pensamientos no escritos, el conejo de Alicia persiguiéndonos con su reloj. Las caminatas no disfrutadas. El silencio no apreciado. El libro no leído. El dibujo que nunca sucedió. La ¿meditación? si, total, para qué.

Pura ansiedad. Por eso, a cinco minutos del Lexatin, también están los profesionales que pueden ayudarlo en caso de que le duela la vida.