Hola, anhedonia

¿Se acuerda de todas esas promesas que se hizo y las cosas nuevas que descubrió durante la cuarentena? ¿Qué ha quedado de ellas? ¿Y aquellos placeres que, juraba, le hacían feliz? ¿En qué parte de su realidad está lo que soñaba y deseaba?

Ya le ha llegado el tsunami de la agenda corrosiva dispuesta a carcomer la libertad creativa que se había permitido o los pequeños placeres que sentía?

Bienvenido a la tierra. En estos días, intenté involucrarme en un club de las 5 de la mañana para hacerle la triquiñuela a la rutina, que también madruga, y robarle tiempo al día, para hacer cosas para mí. Y ¿sabe qué? Descubrí miles de formas de no ser feliz sumándome a retos colectivos. ¡Bien por mí! Que a las 5 am yo no tengo el sentimiento para ir a correr o dibujar, apenas tengo un poco de claridad para hacer mis vómitos mentales. Buscar la cordura en letras. Tratar de escribir, sin tapujos, lo que siento que, al parecer, es lo que mejor me funciona.

También opté por descubrir nuevos podcasts, cada noche, para que las preocupaciones no fueran cáusticas con lo que quiero y deseo.

Y entre esas voces somnolientas, volví a toparme con la anhedonia. Esa especie de incapacidad de sentir disfrute por las cosas.

¿No la conoce? Audítese un rato. No se trata de que ya no le guste la canción que marcó su vida, ¡los gustos evolucionan! No, no va por ahí.

Es dejar de sentir placer o felicidad por cosas nimias, pequeñas. Como la música, los aromas... dejar de descubrir texturas y sabores. La apatía de que no le apetezca salir, no un día, sino en meses.

Empieza por un “hoy no”, una desidia momentánea y se convierte en un “nunca más”. En una capa protectora que nos plastifica. Y no intercambia placeres, simplemente los deja.

Es no recompensarse ni quiera con un plato que le gusta. No premiarse con un boli nuevo o una copa de ese destilado que le asombraba.

Y no es que renueve su lista de placeres hedonistas. Sencillamente la va achicando, tachando cosas sin agregar nada nuevo.

Puede que sea pasajero, ¡ojalá! Pero a veces se arraiga en nosotros y hace que todos los caminos conduzcan a una posible depresión.

Revise su lista de esos placeres personales y cotidianos. Compare los que ya no practica y que, ni siquiera, han mutado. Apunte los nuevos... y cuando la cuenta-resultados sea negativa, ¡alerta roja!

Mientras tanto, puede ir haciendo pequeños ejercicios para volver a sentir satisfacción por sus cosas, un instante de felicidad reconociendo sus logros. Pura dopamina. Recompénsese por cumplir los objetivos del día, por llamar a un amigo, por caminar más que ayer... Sea consciente de sus victorias, busque la pequeña alegría cotidiana. Por ejemplo, ¡bravo por llegar hasta aquí! ;)

Y recuerde: si le duele la vida, busque ayuda profesional.