La rectitud: valor clave para nuestras organizaciones

El camino del hombre recto está por todos los lados rodeado por la injusticia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos”. Esta frase, con un impostado tinte bíblico, es un extracto de un célebre monólogo de una de las películas más icónicas de los últimos 30 años, y refleja con bastante precisión nuestra sociedad y nuestra economía. Estamos inmersos, queramos o no, en una realidad muy compleja, donde los asimétricos intereses sociales, económicos o sanitarios, entre otros, convierte en ardua no sólo la tarea de mantenerse en la rectitud, sino la de distinguir quién es quién y qué papel está jugando en cada momento.

No tengo dudas de que existen personas rectas. Personas con valores como la lealtad, la generosidad, el sentido del deber, el compromiso y el respeto por las normas y por el entorno que les rodea. Son personas que destacan sobre las demás, y que curiosamente suelen tender a quedar en un segundo plano, lejos de los focos y del protagonismo. He llegado a la conclusión de que esto es así porque se trata de otra de sus cualidades: la humildad o el escaso afán de protagonismo.

Me vienen a la mente unos cuantos ejemplos con los que he tenido la suerte de coincidir tanto en mi experiencia personal como profesional. No necesariamente son siempre las más brillantes o las que más éxito han tenido. Tampoco negaré que existe cierta correlación en los casos que he conocido. Es como si una cosa llevara a la otra, pero no tienen por qué ir de la mano.

En el plano empresarial, también existen las empresas rectas, donde la práctica de un Buen Gobierno Corporativo (que va mucho más allá de las Recomendaciones de la Comisión Nacional de Mercado de Valores para las entidades cotizadas) impregna de valores a la organización (y por extensión, a las personas que trabajan en ella).

También la implantación de una cultura de Cumplimiento que trascienda el puro formalismo y que verdaderamente sirva para aportar valor y hacer las cosas de una manera diferencial, o la definición (y puesta en práctica) de una adecuada estrategia vinculada en el cada vez más amplio plano de ESG - Sostenibilidad (recuerden, lucha contra el cambio climático, finanzas sostenibles, economía circular, ética y derechos humanos, entre otros) son claros ejemplos de lo que las organizaciones, independientemente de su tamaño, pueden abanderar en el camino de la rectitud empresarial.

La mala noticia es que también existen los “egoístas” y, peor aún, los “hombres malos”. Empezaré por los egoístas, que no necesariamente son hombres malos. Los egoístas miran solo por su propio beneficio, y raramente mueven un dedo por los demás, si no es porque van a obtener una compensación. Aunque también existe el denominado egoísmo positivo, que es aquel que beneficia tanto a la persona egoísta como a otras personas. Sea como fuere, los egoístas se anteponen a los demás, y últimamente tenemos un amplio abanico de ejemplos.

Sin embargo, hay un matiz que creo que es fundamental hacer con el “egoísmo empresarial”. Bien utilizado, es un activo muy poderoso, puesto que de la búsqueda (y consecución) de beneficios en cada organización viven las familias de sus trabajadores (y de las terceras partes con las que la empresa se relaciona), se consigue mantener viva la empresa, se financia su crecimiento, se hacen nuevas inversiones, e incluso se adquiere estabilidad macroeconómica. Estabilidad, qué bonitos recuerdos cuando existía. Parece que ha pasado un siglo.

En cualquier caso, lo que quiero decir es que se debe proteger a las empresas (y empresarios) para que puedan ser esa fuente de estabilidad que tanto necesitamos, para que puedan no sólo subsistir sino desarrollarse y ser capaces de competir a nivel internacional. Eso sí, con contrapesos que “vigilen” a las organizaciones. Entiendo que en esa línea va la Unión Europea con los últimamente manidos fondos europeos Next Generation, cuando supedita la concesión de ayudas a proyectos que demuestren a priori que están alineados (y que posteriormente se pueda revisar y reportar) con alguno de los cuatro ejes prioritarios definidos: transformación digital, transición ecológica, cohesión social y territorial e igualdad.

Por último, los “hombres malos”, que quiero creer que no son excesivamente numerosos, claramente existen. En el mundo empresarial, entran en esta categoría aquellos que deliberadamente intentan dañar la reputación de alguna marca o de alguna persona de la manera que sea, los ciberdelincuentes que infectan o chantajean a las entidades, aquellos que sabotean instalaciones o activos empresariales, o aquellos que perpetran fraudes contra las organizaciones. En la medida en que se pueda, es conveniente (incluso necesario) establecer medidas de protección preventivas para mitigar la probabilidad de ocurrencia de estas amenazas, puesto que ninguna entidad puede manifestar que está libre de ellas.

Volviendo a la cita con la que iniciaba el artículo, durante gran parte de la película ésta era el preludio de un desenlace fatal (al menos para el que la escuchaba). El protagonista que la recitaba era, sin paliativos, un hombre malo. Una revelación que vive durante la trama hace que se replantee sus valores, que cuestione su modus operandi y la forma en que se enriquecía de manera egoísta, para abandonarlo y esforzarse en convertirse en una persona recta.

La película no llega a enseñarnos si finalmente lo consigue, pero creo que carece de importancia. Lo importante es ser capaz de discernir las opciones existentes y optar por intentar ser una persona (o empresa) recta en todos los ámbitos que nos ha tocado vivir, cada una dentro de sus posibilidades.

Nos iría mucho mejor como sociedad si cada uno de nosotros lo intentase un poco más fuerte todos los días, tanto personal como profesionalmente.