Lo que pasa en el metaverso... ¿Queda en el metaverso?

La regulación siempre va por detrás de la tecnología, siempre ha sido así, y el metaverso no será una excepción. Huérfanos de normativas específicas, los nuevos entornos digitales se rigen por las leyes de la web 2.0, que muy pronto quedarán obsoletas. La seguridad jurídica está en entredicho.

La tecnología avanza mucho más rápido que la regulación, muchísimo más. Siempre ha sido así y el metaverso no será una excepción. Ante el efervescente desarrollo de los nuevos entornos virtuales, donde confluyen la realidad física, aumentada y virtual, las leyes que imperan actualmente son las mismas que las del salvaje Oeste. Casi todo está por hacer y los modelos actuales muestran sus costuras ante la magnitud del fenómeno. No basta con trasladar las viejas normas de la web a esos entornos tridimensionales, donde la suplantación de identidad, la desinformación, los derechos de imagen, la ausencia de confidencialidad o la desprotección de datos sensibles estarán a la orden día. A simple vista, parece fácil disfrazar el avatar con los rasgos e identidad de otras personas y cometer fechorías con esas apariencias en los nuevos territorios online huérfanos de policías, jueces y fiscales especializados.

Los expertos consultados coinciden en que la seguridad jurídica brilla por su ausencia ya que, por ahora, “la norma general que regula el metaverso coincide con la de cualquier red telemática, a todas luces insuficiente ante la diversidad de escenarios y posibilidades de estas plataformas inmersivas”. A lo anterior se añade la publicidad engañosa, la fragilidad de las relaciones comerciales y los débiles cimientos de la propiedad industrial e intelectual en el metaverso, todos ellos asignaturas pendientes en los ordenamientos jurídicos nacionales y supranacionales. La violación, robo o muerte de un avatar, o cualquier otro metadelito, por ejemplo, no está contemplada en el Código Penal ni parece que se vaya a incorporar con velocidad.

Los entornos descentralizados, sin árbitro ni jueces, se guiarán por los smart contract (contratos inteligentes) sometidos a las plataformas de blockchain y sus algoritmos. Son inviolables e infalsificables por su tecnología, pero aún falta por escribir la tabla de los diez mandamientos, por empezar por algo.

Casi nada impide a los maleantes campar por los metaversos y atracar a los usuarios que por allí circulen, en muchas ocasiones ajenos a los riesgos de cualquier nueva tecnología. Como dicen que sucede en Las Vegas -que lo que pasa en la capital de los casinos, allí queda- en el metaverso puede suceder algo parecido si los ordenamientos jurídicos no se apresuran a redactar normas específicas para estos territorios.

Los analistas mantienen que el trabajo normativo que existe por delante es inabarcable. Margrethe Vestager, comisaria europea de Competencia, elude el asunto al reconocer que necesita comprender mejor esta tecnología antes de establecer un marco regulatorio acorde con la materia. Desde el Gobierno, se vigila el fenómeno con la confianza que Europa impondrá sus criterios, consensuados por todos los países miembros.

Regulación supranacional

“El metaverso ya está aquí. Así que, por supuesto, empezamos a analizar cuál será el papel de un regulador, cuál es el papel de nuestra legislatura”, dijo Vestager en un evento organizado por editores de periódicos alemanes, según informa la agencia Reuters.

No tardarán en proliferar bufetes de abogados especializados en el asunto, igual que crecerán como setas otras muchas profesiones adaptadas a los metaversos. También abundarán los policías, vigilantes o guardias jurados en cada sala, pertrechados de cámaras y capacidad para bloquear a cualquier personaje que no se ajuste a las normas. Pero mientras todo eso ocurre, las relaciones laborales en estos foros están en los albores.

Si la recopilación de datos personales ya quitaba el sueño a los reguladores en las redes sociales, la misma problemática eleva el listón de la vulnerabilidad en el metaverso. La información personalizada que pulula por las plataformas es mucho más sensible que la generada en la Red 2.0 conocida ya que las opiniones de los usuarios se enriquecen con las experiencias inmersivas y biométricas, con emociones. Expresiones faciales, inflexiones vocales, lenguaje no verbal e incluso signos vitales, como el ritmo cardíaco o la tensión arterial. Toda esa información, que quedaba lejos del alcance de gigantes como Facebook, Twitter o YouTube, puede ser pasto de analistas de datos con fines publicitarios extraordinariamente precisos y eficaces.

Usurpación de avatares

Fuentes jurídicas de Cuatrecasas apuntan que en las nuevas “plataformas virtuales pueden producirse conflictos y vulneraciones de derechos, como la utilización ilegal de marcas o diseños de productos de moda virtuales, o la explotación comercial de la imagen facial de un avatar sin autorización”, según informa el bufete a través de un blog firmado por Paula Conde y Josu Andoni Eguiliz.

La recientemente redactada carta española de los derechos digitales igualmente pasa de puntillas sobre el metaverso, sin más preocupación que humanizar la inteligencia artificial y muy pendiente de la ética de los algoritmos y de los posibles sesgos y discriminaciones. Dicho documento garantiza el control de cada persona sobre su propia identidad digital, además de asegurar la confidencialidad y de garantizar que las decisiones y procesos basados en estas nuevas tecnologías no pongan en riesgo el suministro de datos, entre otros activos vulnerables.