La conectividad, clave para la construcción de un futuro más justo

La conectividad ha sido una de las grandes protagonistas durante el año pasado. Gracias a ella hemos tenido la oportunidad de superar dificultades y de acelerar la adopción del modelo digital, consiguiendo que las personas pudieran seguir accediendo a los servicios y recursos que necesitaban en uno de los momentos más complicados de la historia reciente. Ahora, al mirar hacia el futuro híbrido que nos espera, invertir en conectividad sigue siendo crucial para mantener el control sobre el terreno ya ganado y continuar con el ritmo que nos permitirá abordar el periodo de reconstrucción.

En el corazón de nuestro avance por la esfera digital se encuentra la banda ancha. Es la base de la actual infraestructura digital inteligente y de muchas innovaciones que ya tienen aplicaciones prácticas. Sin embargo, mientras que el 80% de los ciudadanos de las economías avanzadas cuenta con acceso a banda ancha, en los países en desarrollo ese porcentaje cae al 35%. Igualmente, existe una gran disparidad entre el acceso disponible en zonas rurales y urbanas. Aquí, la llegada de 5G tiene muchas de las respuestas necesarias para hacer realidad una conectividad global y equitativa.

De esta forma, 5G puede resultar clave para mejorar la vida de los residentes de nuestra España vaciada, haciendo posible que dispongan de acceso a servicios de telemedicina, optimicen la gestión de bienes fundamentales, como el agua, o mejoren las estrategias de los servicios de protección civil durante una emergencia. Asimismo, el desarrollo de 5G por satélite puede llevar a una deslocalización de las fuerzas de trabajo, logrando que las personas que así lo deseen no tengan que depender de la ubicación física de sus empresas para poder residir fuera de una gran ciudad, manteniendo o mejorando, incluso, su calidad de vida y contribuyendo a crear nuevos polos de desarrollo económico en zonas abandonadas.

Antes de 2020, la conectividad ya estaba transformando la forma en que vivíamos y trabajábamos. A medida que se extendía el confinamiento, nuestra dependencia de las tecnologías conectadas se hizo más evidente. Todo, desde la asistencia sanitaria, las actividades sociales o las compras, experimentó una migración hacia el entorno digital, en un intento por mantener y continuar con la normalidad de nuestras vidas. A pesar de que el año pasado fue un año complicado para las tiendas, eMarketer estima que las ventas por comercio electrónico crecieron un 27,6% a nivel global, situándose en 4.280 billones de dólares. Cifras como esa demuestran la importancia que han adquirido las transformaciones digitales, sentando las bases para una recuperación interconectada e innovadora a largo plazo.

Al mirar hacia el futuro híbrido que nos espera, resulta imprescindible garantizar que nuestra sociedad consiga ser más equitativa, teniendo a la tecnología como ecualizador e impulsor de la misma. A medida que se incrementa nuestra dependencia de los servicios de conectividad para las actividades más cotidianas, la necesidad de contar con un buen acceso a Internet, buenos dispositivos y una buena formación en el entorno digital se hace imprescindible. Incluso en países desarrollados existe el peligro de que una parte importante de la población se quede atrás. Es el caso de Estados Unidos, donde se estima que hay unos 12 millones de niños que no cuentan con acceso a internet o con los dispositivos adecuados. Igualmente, en España, un 10% de niños de 10 a 15 años no tiene ordenador y un 7% no cuenta con acceso a internet. Aquí, para poder desarrollar las infraestructuras necesarias, es imprescindible la colaboración público-privada.

Si vemos el vaso medio lleno, la pandemia también puede suponer una oportunidad para mantener el ritmo de transformación digital que hemos alcanzado y para seguir desarrollando proyectos innovadores relacionados con la conectividad que pongan a los ciudadanos en el centro. Tras un largo año de trabajo remoto, la conectividad ya se ha convertido en sinónimo de resistencia, con la que hemos logrado mantener los servicios básicos de nuestras empresas, hospitales o colegios. Pase lo que pase, la conectividad ya no es negociable. A mayor número de personas conectadas a los flujos de información, comunicación y servicios, las infraestructuras digitalizadas podrían añadir entre 1,5 y 2 billones de dólares al PIB global, lo que las convierte en una inversión estratégica.

Está claro que al proporcionar a los ciudadanos una experiencia digital omnicanal y al invertir en proyectos de infraestructura que optimizan la conectividad tanto física como virtual, es posible mejorar los productos y servicios que las organizaciones ofrecen cada día e impulsar la recuperación económica. No en vano, las empresas que sienten ahora sus bases para un escenario 5G con la incorporación de tecnologías emergentes, como la computación en el Edge o la analítica de datos, conseguirán una ventaja competitiva sobre el resto, ya que serán capaces de sacar partido a los datos para personalizar servicios de una manera eficaz o para responder en tiempo real a las necesidades de sus clientes.

Sectores empresariales enteros se van a transformar y otros nuevos van a florecer con la llegada de una conectividad que garantice una menor latencia. Serán fábricas inteligentes con nuevos niveles de eficiencia, cadenas de suministro transparentes o vehículos automatizados para el transporte de personas y mercancías. La realidad mixta revolucionará el sector educativo y el trabajo remoto se hará más sencillo. Estas son innovaciones de las que ya somos conscientes, pero aún hay otras muchas que ni siquiera podemos imaginar. Una recuperación progresiva y basada en la tecnología, en la conectividad y en las innovaciones más recientes ayudará a afianzar los avances que hemos alcanzado durante el último año por necesidad, y que se resumen en una mejor calidad de vida para todos. Ahora tenemos la oportunidad de reconstruir y de volver a imaginar nuestro mundo. En el centro de cualquier plan aparecerá siempre un proceso de transformación digital, que necesariamente deberá ser sostenible e inclusivo. Nos encontramos ante una gran oportunidad que nos permite aprender y construir sobre el pasado, sacar lo mejor de nosotros y de los demás y poner el progreso humano en primer lugar. ¡Aprovechémosla!