Los diez disgustos del coche autónomo

La automatización plena del vehículo amenazará con la ruina a numerosos sectores obligados a la reconversión

Todo apunta a que aún habrá que esperar bastante tiempo hasta que veamos los vehículos autónomos circular por nuestras calles. No solo quedan por superar no pocos retos tecnológicos como la combinación de los sensores que sustituyan los cinco sentidos humanos, sus reflejos, su intuición y su capacidad de tomar decisiones en décimas de segundo. También hay un problema con la ingente cantidad de datos que procesarán estos sistemas. Todas estas barreras técnicas las analiza Lucas García, ingeniero experto en inteligencia artificial en MathWorks en su artículo en las páginas 10-11 de esta revista. Además, nos espera un largo camino en el campo regulatorio y también la propia sociedad en su conjunto debe asimilar el trascendental cambio, un proceso que también se adivina lento.

Y, para cuando lleguen los vehículos autónomos, no todo será de color rosa. La sonrisa que inspiran estos coches puede convertirse en mueca para una decena de sectores en cuanto se analicen los efectos directos y colaterales de este tipo de vehículos. De hecho, las incuestionables ventajas de la tecnología de automoción se tornan en pesadilla. No existe el mundo perfecto y eso ya lo advirtió hace siglos el refranero español: Lo que es bueno para el hígado es malo para el bazo.

1. Déficit en donaciones de órganos

La presumible ausencia de accidentes de tráfico, con miles de vidas salvadas en el asfalto, reducirá de forma extraordinaria la provisión de existencias de los bancos de donación de órganos. Esta carencia se presume evidente, una vez que se elimina el factor de riesgo humano -causante del 93% de las incidencias según la DGT- y una vez que la sanidad aún se muestra bisoña en la impresión en tres dimensiones de riñones y corazones. Por el momento no se ha encontrado un material de las propiedades del tejido humano, con el riesgo de rechazo que eso supone. Según los datos del Registro Mundial de Trasplantes, ese tipo de operaciones rondan las 200.000 al año en todo el mundo, con el liderazgo global de España, con una cuota de casi el 20% y con un porcentaje de donantes que duplica la media europea.

2. Caída de la recaudación por multas

Cualquier gobierno del mundo desearía que todos sus ciudadanos tuvieran un comportamiento ejemplar y respetuoso con las normas. Y mucho más cuando este celo por la legalidad se garantiza de forma universal y permanente. Sin embargo, ese civismo generalizado acarreará una caída en la recaudación por multas e infracciones. A modo de ejemplo, Madrid dejó de ingresar 30 millones de euros en multas en los siete primeros meses del año debido al confinamiento, lo que supone una caída de la recaudación del 70%. Y lo mismo ocurrirá con el lucro cesante en las arcas municipales en cuanto los automóviles autónomos prefieran no estacionar en las zonas públicas de parking de pago para hacerlo en áreas libres de pago. Por un lado, la Policía y Guardia Civil podrán combatir el crimen sin detraer recursos para la seguridad vial, pero posiblemente no hagan falta tantos recursos, con eventuales recortes laborales entre esos funcionarios.

3. Cierre de autoescuelas

En cuanto el coche autónomo afine todas sus actuales deficiencias y no requiera de la intervención humana tampoco será necesario disponer de carnet de conducir para -simplemente- indicar la dirección de destino al automóvil inteligente. En ese previsible escenario, las autoescuelas deberán reconvertirse en otra actividad docente, con cierres masivos de establecimientos. ¿Para qué conocer las señales de tráfico cuando será una maquina la que estará al mando? Por lo tanto, los centros de enseñanza de tráfico limitarán su clientela a los conductores de coches tradicionales, una especie en previsible vía de extinción durante los próximos lustros.

4. Talleres en quiebra

Ya ocurrió con los herreros hace más de un siglo. ¿Para qué cambiar las herraduras a los caballos cuando hacen falta ruedas y neumáticos para los autos? Algo parecido a eso sucederá con los tradicionales talleres de reparaciones de vehículos. La sensorización, los algoritmos, la conectividad, la ciberseguridad y la digitalización comprometerán el futuro de los mecánicos de toda la vida. Además, las marcas procurarán ofrecer servicios de mantenimiento junto a la venta del vehículo, con el consiguiente perjuicio para las empresas independientes, huérfanas de sistemas informáticos previsiblemente cerrados y propietarios.

5. Depreciación del garaje

La compra de plazas de garajes ha sido una inversión exitosa durante las últimas décadas. A su bajo mantenimiento se suma la tradicional alta demanda del mercado, con rentabilidades superiores al negocio inmobiliario tradicional.

Por el contrario, el coche autónomo -y presumiblemente compartido- no requerirá de una plaza asignada junto a la vivienda u oficina, ya que estos vehículos pueden dirigirse hacia un hangar -alejado de los núcleos urbanos- una vez realizado su trabajo. Además, los expertos vaticinan que los coches autoconducidos circularán por la calle vacíos, como ahora hacen los taxis en busca de clientes, por lo que el servicio de parking perderá su actual valor.

6. Desaparición de las gasolineras

Como el valor al soldado, se presupone que todos los coches autónomos serán eléctricos, lo que comprometerá al sector de las estaciones de servicio. El futuro de estos establecimientos será mucho más complicado en cuanto los coches autónomos puedan llenar sus baterías sin las servidumbres de las actuales gasolineras. Bastará con disponer de un enchufe para abastecer de energía y autonomía para los trayectos, para desgracia de los surtidores de gasolina o gasoil.

7. Fiasco en tiendas y hoteles de carretera.

Los comercios asociados físicamente a las gasolineras también reducirán la recaudación en cuanto no haya necesidad de realizar paradas en los viajes para el preceptivo descanso del conductor. Además, los asientos de los coches autónomos serán lo suficientemente cómodos como para realizar largos viajes sin necesidad de estirar las piernas. Por las mismas reglas, los hoteles de carretera pueden poner sus barbas a remojo. Eso sí, aún está por ver cómo los pasajeros podrán aliviar la vejiga a bordo.

8. Huelga de taxis, VTCs y transportistas

España cuenta con más de 46.000 taxis con licencia en vigor y otros 16.000 vehículos autorizados para ofrecer servicios de VTC. Todos ellos tienen los años contados en cuanto los usuarios utilicen los coches autónomos. En condiciones normales, las economías de escala permitirán abaratar los servicios de transporte de personas, no solo por el ahorro en salarios de conductores, sino también en eficiencias operativas y optimización de los servicios. Los taxistas tendrán muy complicado competir con las máquinas y exactamente lo mismo ocurrirá con el transporte de mercancías en carretera, con jornadas laborales de 24 horas durante los siete días de la semana en cuanto las máquinas estén al volante

9. Agujero en la privacidad de los usuarios

Al caudal incesante de datos que los usuarios comparten con las empresas de servicios digitales se añadirá toda la información relativa a la movilidad en los coches conectados. La privacidad será asignatura pendiente en esos entornos. Entre otras cuestiones sensibles, el Gran Hermano conocerá dónde se ha desplazado cada persona, a qué hora o qué contenidos digitales ha consumido durante el trayecto.

10. Obsolescencia de las vías públicas

El desarrollo del coche autónomo obligará a las administraciones públicas a renovar por completo el mobiliario urbano, así como a modernizar las infraestructuras de transporte, con las inversiones y costes que todos ello supone. La conectividad 5G y WiFi6 permitirá sembrar de sensores cada metro cuadrado de la vía pública para dotar de inteligencia a las calles y carreteras. Al mismo tiempo, los ordenadores a bordo aprenderán a conducir en condiciones atmosféricas complicadas, en zonas en obras y reaccionar ante imprevistos. No obstante, casi siempre habrá espacio para la incertidumbre. El último ejemplo lo protagoniza el reiterado error de los coches autónomos que tienden a interpretar la luz de posición trasera o frenado de los automóviles de adelante como semáforos en rojo. Asimismo, aún falta por resolver asuntos éticos como el dilema del tranvía, por el que el coche elegirá salvar la vida de sus pasajeros, aunque sea a costa de la de los peatones.