La ética política según Gabilondo

Sé ser malo, pero no quiero. Es una frase de una entrevista que El País realizó a Ángel Gabilondo el pasado 19 de septiembre y que a muchos sorprendería por romper estereotipos e imágenes de una clase política, la nuestra, sumergida en luchas, denostada por gran parte de la sociedad y en muchas ocasiones alejada de ella. Frente a ello, el político madrileño mantenía su esencia, y alegaba a la honradez y, sobre todo, a la bondad. Sí, a la bondad. ¿Suena extraño? Esto hoy, tras las elecciones en Castilla y León, me ha recordado otro motivador escrito de Gabilondo, incluido en la obra Teoría política del socialismo en el siglo XXI (Ed. Pablo Iglesias, 2017), y titulado Ética y socialismo. La ética en la política es uno de sus elementos más ocultos y, sin embargo, Gabilondo sabe situarla en su más profunda raíz: no hay política (al menos buena) sin ética. La política -el autor se centra en el socialismo, pero podría aplicarse a cualquier otra ideología- se forma desde la experiencia y el pensamiento. Se trata de una historia de seres humanos, que les afecta como tales y que trata de incidir y transformar un mundo complejo e injusto, en el que hay que tratar de solventar los males que se padecen a diario (salud, educación, vivienda, desigualdad...). Para ello no hay mejor recurso que los parámetros de una ética que lo informe todo:

I. La Libertad. Es el paradigma primero. Lo que hay que alcanzar. Pero desde la máxima de que la libertad “no es hacer lo que uno quiere, sino hacer lo que uno debe”: ¿Qué debo hacer como ser humano? Y, frente a los demás, ¿Qué puedo esperar de ti, sabiendo que somos seres limitados e imperfectos?

II. La vida. Somos el centro de la acción política (Humanismo) y, como tal, no somos un medio, sino el fin de ésta, alcanzado a todos y cada uno de nosotros sin excepción bajo el paradigma de la igualdad. La actuación en pos de cada persona resulta ineludible desde una idea de acción mutua donde el concepto de pacto resulta un pilar esencial: no estamos solos, vivimos en sociedad, y ésta prima por encima del individuo, de manera que el ideal de solidaridad y de intervención (de lo público) a favor del beneficio común ha de superar cánones anteriores y presentes.

III. La honradez. “La honradez es la mejor política. La honradez es mejor que la política. La mejor política es la política honrada”. En definitiva, el ideal de la bondad en el ser humano (tan lleno de contenido religioso en sí mismo) es un ideal que, en política, ha de situarse por encima del resultado electoral, ya que estos se obtienen “para el hacer el bien”, y serán negativos tanto si no se hace bien como si lo que se hace no es el bien.

IV. La acción. La política no es contar lo que pasa, es acción. Hay que procurar evitar lo malo y sí que suceda lo bueno. En definitiva, se trata transformar la sociedad, entendida ésta como un conjunto de seres iguales e interrelacionados. Para ello es necesario escuchar, en el sentido de entender y aceptar al otro: nadie es mejor que nadie y, sin embargo, hay que reconocer que nadie es idéntico al otro. La máxima que Gabilondo traslada es: “no estoy delante, estoy a tu lado” y ello se concreta en un deber de actuación para alcanzar un mundo y una sociedad mejor.

V. La moderación. Vivimos en un mundo plural, complejo y desigual, que se ve afectado por nuestras acciones, y por ello éstas tienen que estar presididas por la moderación, por una necesidad de reflexión y escucha que nos lleve al entendimiento de los demás; a la generosidad con lo necesario y a la austeridad con lo innecesario; a la búsqueda de un bienestar común, que sólo puede lograrse con medidas comunes, nunca con posiciones individuales.

VI. Los valores. No se trata solo de tener valores, señala Gabilondo, sino una escala de valores, pues en múltiples ocasiones habrá que elegir entre ellos (ponderación). En definitiva, de ello dependerá el que vivamos bellamente y que, por ello, demos sentido a nuestra existencia, pero nunca solos sino en sociedad. Gabilondo nos recuerda que se trata de una filosofía profunda, pues supera el concepto de saber por saber; se trata de saber para hacer un mundo mejor, no sólo para mí, sino –ante todo– para los demás: “Debemos estar atentos a la vida de los otros, a la vida del otro que está cerca de ti (...), pues, aunque seamos islas podemos formar un archipiélago.”

VII. El otro. En efecto, no estamos solos. Los demás no son un “no ser” (no podemos obviarlos), son “otro ser”. Todos somos singulares, pero nos afecta lo que hacen los demás (interacción mutua); al fin y al cabo, vivimos en comunidad. De ahí que sea inexcusable la idea de bien común en la que el otro estará siempre presente: “Fuera de la comunidad no se es diferente, se es indiferente (...) Solo se es diferente en comunidad, solo se es singular en comunidad”. Estuvieron fuera de la comunidad los esclavos; hoy lo están -dice Gabilondo- los idiotas, esto es, los que carecen de sensibilidad social, aquellos a quienes no interesan los asuntos públicos. Es la idea de lo público que supera a la de gobierno; es “lo que es de todos y cada uno de nosotros”, incluso en una dimensión internacional (refugiados).

VIII. La lucha contra la pobreza. La fobia de nuestra sociedad no es al extranjero, sino a la pobreza (aporofobia). Ésta excluye a personas de nuestra sociedad y frente a ello ha de estar tanto la acción personal como la política en el seno de un Estado de Derecho que, como el nuestro, se define como Social. En definitiva, se trata de plasmar en un proyecto político (“no es cosa de elecciones, es de generaciones”) una idea de Humanidad que no se dirija sólo hacia mí, sino también hacia los demás e incluso hacia la memoria y el pasado. Se trata de un proyecto de fraternidad a llevar a las elecciones: no se trata de afanarse en tener poder, sino de tener poder para poder hacer: hacer en las instituciones y hacerlo imbuido en una adecuada y permanente ética. En la última novela de David Trueba, Queridos niños (Ed. Anagrama, 2021), hay un pasaje que dice: “...hasta los más desinformados saben que la política es para los políticos, porque ellos tienen la piel dura y el corazón de amianto. Aceptan el castigo.”. Ángel Gabilondo termina su artículo diciendo: “Tenemos que generar espacios donde chirríe ser deshonestos, donde alarme no ser buena gente. Y que no ocurra exactamente lo contrario: era una persona valiosa, pero era tan bueno, no llegará a nada.” Quedémonos con Gabilondo, siempre.