La caja negra de Pandora

Los denominados Papeles de Pandora son noticia. Como sabemos, son el resultado del trabajo realizado por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación sobre las estrategias fiscales de determinados personajes públicos y líderes políticos a escala mundial.

Si bien la creación de sociedades “offshore” es legal, déjenme finalizar la frase añadiendo que lo es siempre que sus ingresos y patrimonio se declaren y no se oculten a la Hacienda Pública.

Sin embargo, lo cierto es que, si aquellas se crean en países de baja o nula tributación y sin intercambio de información, es, normalmente, con la exclusiva finalidad de evadir la tributación.

Pero como ya he dicho, existen casos en los que su creación obedece a razones económicas y lícitas. La utilización de paraísos fiscales tampoco es ilegal. Lo es, eso sí, su utilización con la finalidad de evadir impuestos. Hay que señalar igualmente que en los “papeles” figuran contribuyentes que han regularizado su situación tributaria. En definitiva, prudencia en su análisis.

No obstante, su sola existencia confirma el criterio de quienes pensamos que la verdadera redistribución de la riqueza es una falacia en el mundo de los que más capacidad económica tienen y, por tanto, de los que se pueden permitir el lujo de pagar sustanciosos honorarios para que se les diseñe una determinada estructura. Se trata, dejémoslo claro, de supuestos, normalmente, de evasión.

No estamos, por tanto, ante casos de elusión, que se caracterizan por actuar lícitamente, pero retorciendo o abusando de las normas; conducta, eso sí, reprobable también y cuyos beneficiarios acostumbran a coincidir. En la elusión, sin embargo, no hay ocultación. En la evasión, sí.

Su común denominador es la pérdida de recaudación. La diferencia, su licitud o no. Luchar contra lo oculto (evasión), es muy difícil. Hacerlo contra lo declarado (elusión), es muy fácil. Lo prioritario, para mí, es hacerlo contra la evasión, sin olvidar la elusión.

Es cierto que la línea roja que los separa es muy delgada. Pero son conceptos distintos que hay que atajar con medidas también distintas.

Llama la atención que los Papeles de Pandora, igual que los de Panamá, no sean el resultado de un trabajo conjunto de investigación y cooperación de diferentes Administraciones, sino de periodistas.

Sea como fuere, es cierto que tras el funesto atentado del 11-S, el acoso a los paraísos fiscales ha sido incesante, aunque por motivos distintos a la evasión fiscal. Su objetivo ha sido tratar de evitar el refugio del dinero procedente del terrorismo, además del narcotráfico y de la prostitución. Evitar, en definitiva, su utilización como paso previo al blanqueo.

Es cierto también que, en el ámbito de la OCDE, la lucha contra la elusión fiscal ha sido muy importante. Pero su origen, recordémoslo, no es el fraude fiscal sino la pérdida de recaudación de unos países en favor de otros, consecuencia de prácticas elusivas o abusivas cuyo objetivo es la deslocalización y erosión de bases imponibles.

Las medidas contra el fraude fiscal internacional, a diferencia de las relativas a la elusión, continúan siendo pues una asignatura pendiente.

¿Qué se puede hacer?

Fundamentalmente, e igual que con la elusión, coordinación y cooperación internacional para marginar a los paraísos fiscales con medidas de transparencia y duras sanciones en caso de su utilización inadecuada; sanciones no solo económicas, sino de inhabilitación en el desarrollo de la actividad de los evasores y, sin duda, en la obtención de beneficios y/o ayudas de todo tipo.

Y ello, además de centrar nuestros recursos y esfuerzos en la lucha contra el verdadero fraude: lo oculto.

Pero mentalicémonos, una vez más, que el fraude (y la elusión) no está impregnado en el ADN de la inmensa mayoría de los contribuyentes y empresas del país, cuya voluntad, lo digo una vez más, es cumplir con certeza. La mayoría de los conflictos actuales no tienen su origen en el fraude, sino en la falta de certeza de la ley, su falta de claridad, su defectuosa redacción, y en las interpretaciones que de la misma se hace.

Pero el fraude (y la elusión) no está ahí. Está en manos de aquellos cuyas rentas y patrimonios están a años luz de las de la mayoría de los mortales. Son pocos, pero con nombres y apellidos fáciles de imaginar. A ellos hay que dirigir todo tipo de control y actuación administrativa.

A pesar de ello, hay que reconocer que se ha avanzado mucho, sobre todo, en la lucha contra la elusión. Pero falta hacerlo en lo concerniente al fraude fiscal en el que la cooperación internacional es imprescindible.

Por su parte, algunos de los nombres que aparecen en la lista deslegitiman el sacrificio que reclaman a sus ciudadanos para contribuir al sostenimiento de los gastos públicos y del Estado de Bienestar. Sacrificio que, en algún caso, como el del Rey emérito (que no figura en los papeles), refrendan con su firma la norma que ellos mismos incumplen.

Los “papeles” ponen el dedo en la llaga sobre el perfil objetivo de contribuyentes que hay que someter a control.