Las exportaciones españolas dependen de China y el porcino está en el aire

La recuperación de la piara nacional tras la epidemia de peste porcina, que desde mediados de 2018 causó la muerte de decenas de millones de cerdos en China y provocó graves problemas en la producción, ha causado una tremenda volatilidad desde entonces en los precios de esa carne. Si en octubre esa primera caída había sido del 2,8% interanual, en el undécimo mes del año el desplome ha sido muy superior, del 12,5%. Hay que recordar que los precios de la carne del cerdo se habían apreciado un 25,5% en septiembre y un 52,6% en agosto, datos que ponen en perspectiva una rápida caída que los expertos atribuyen a la “continua recuperación de la producción de cerdos”. La crisis del porcino en China es la razón por la que las exportaciones agroalimentarias españolas siguen creciendo, casi un 5% hasta julio. No en vano la exportación de porcino a este país asiático se elevó alrededor de un 36%.

China tira del carro y ya el año pasado su peso en la lista de destinos de las exportaciones agroalimentarias españolas se duplicó, pasando del 3,5% al 6,5%. En total, este país nos compró productos por valor de más de 2.000 millones de euros respecto a los más de 32.000 que ingresó en conjunto nuestro país por la venta de alimentos, según el último informe hecho público por la Federación de Industrias de Alimentación y Bebidas (Fiab). Pero la recuperación de su sector porcino debe ponernos en alerta. Es muy probable que una vez superada la epidemia de peste en el país, y con la caída de los precios, la exportación española se resienta.

Aunque nuestras empresas alimentarias han demostrado una gran resiliencia ante la crisis causada por el coronavirus, el fuerte desplome de la hostelería, agravado tras la segunda oleada y las restricciones impuestas por las comunidades autónomas, está pasando ya factura. Fiab alerta de que 1.800 empresas han ido a la quiebra y liquidación de sus negocios y más de 10.000 trabajadores del sector siguen con su empleo suspendido en un Erte. Ante todo ello, urgen medidas cuanto antes por parte del Gobierno para impulsar el consumo, siempre respetando la seguridad sanitaria de todos.

El problema es que todo parece ir en la dirección contraria. No solo hay ayudas fiscales e incentivos para la hostelería y la alimentación, sino que además se les castiga con más subidas de impuestos. Cuando el ministro de Consumo, Alberto Garzón, critica abiertamente a esta industria, parece no ser consciente del enorme peso que tiene en nuestra economía. La hostelería tiene un efecto arrastre sobre la industria alimentaria y ésta, a su vez, sobre el campo. Es mucho lo que está en juego.