Por qué no adoptar rápidamente Agricultura Digital puede ser una muy mala idea

Cuando pensamos en la industria, a menudo nos viene a la mente la idea de chimeneas que despiden gases contaminantes, tareas repetitivas, riesgosas y de muy poca creatividad. Ese es el paradigma en el cual crecimos en el siglo XX. Tal vez, quienes nacimos sobre el final del siglo pasado podemos imaginar una fábrica con cierto grado de automatización y condiciones de trabajo algo más dignas.

En el siglo actual, que lleva más del 20% cumplido - estamos ya en el “marzo” del siglo XXI-, las fábricas que predominan ya no siguen esa línea vetusta, despojada de humanidad. Hoy, las fábricas que tienen futuro son las de software, que se apalancan en la mente en lugar de los músculos de sus “operarios”. En 2020, la industria del software generó casi 16 millones de empleos en Estados Unidos. Esto es, uno de cada diez trabajos. Y lo hizo creciendo a un ritmo superior al 7% anual en un mundo pre pandemia. España no es la excepción a esta tendencia. El sector acapara el 23% de las ofertas de empleo del país.

La novedad es que estas fábricas ya no necesitan estar tan cerca de sus consumidores. Si bien antiguamente la cercanía al mercado objetivo era un diferenciador, los canales de distribución del software son menos dependientes de la ubicación. Así, consumimos habitualmente aplicaciones desarrolladas en la India o Latinoamérica sin siquiera enterarnos. Es cierto que inicialmente la industria del software se desarrolló en centros urbanos, impulsada por la disponibilidad de talento universitario, pero no menos correcto es que la tendencia es hacia la descentralización.

Muchos factores contribuyen a esto. En primer lugar, la enorme necesidad de talento excede la oferta de las grandes ciudades, lo que ha favorecido el crecimiento de la industria del software en poblaciones más pequeñas. En segundo término está la competitividad, que empuja a que los costes sean eficientes: con menor coste de vida, los trabajadores del conocimiento, los nuevos “obreros digitales”, pueden sacrificar un poco de su salario para quedarse en sus pueblos de origen, lo que incentiva a las empresas a contratar de forma deslocalizada. Tercero, la mejora de la conectividad y de las tecnologías de trabajo remoto, que permiten una experiencia cada vez más parecida a la presencialidad. Y, finalmente, la coyuntura: el Covid ha devuelto los incentivos, brindándoles una oportunidad enorme a las empresas para acelerar esta transformación.

Por estos motivos, la competencia de los Estados por atraer inversión en tecnologías digitales es feroz. Incentivos de todo tipo pululan en cada país: zonas francas, subsidios a la radicación de empresas, políticas para la generación e internacionalización de startups tecnológicas son solo algunas de las herramientas que han estallado en el último lustro.

La agricultura no está exenta. Cada vez se escucha hablar más de Agricultura Digital, que no se trata de sembrar bits y cosechar bytes, sino de adoptar un conjunto de procesos y tecnologías que nos permitan registrar, analizar y tomar decisiones con mayor precisión que la convencional. La agricultura, así como la medicina, trabaja con sujetos vivos, lo que la hace muy compleja. ¿Qué mejor ámbito que ese para que la tecnología digital haga de las suyas? En los últimos años hemos visto a los primeros valientes mejorar sus rendimientos, reducir sus costes de producción y generar economías de escala antes impensadas, amén de disminuir drásticamente el impacto ambiental de su actividad agrícola.

Pero algo está cambiando rápidamente y para mejor. En el mundo, la adopción de Agricultura Digital se acerca al 15%, un nivel donde las cosas se empiezan a poner interesantes. En la curva de adopción de tecnologías existe un “abismo” situado en un porcentaje similar, que separa a los visionarios de los pragmáticos. Las innovaciones que superan esa brecha experimentan una aceleración muy grande en su velocidad de adopción.

En el caso de la Agricultura Digital conviven otros factores que hacen que esta aceleración pueda ser aún mayor. El recambio generacional es uno, junto con la creciente democratización de tecnologías de sensado remoto, como satélites y drones, y la penetración de plataformas de tratamiento de datos geográficos para uso agronómico muy accesibles. Una tendencia que aumenta de forma muy marcada, con crecimientos en los últimos meses que triplican la tendencia histórica.

En este último rubro, que conozco en primera persona, se percibe un cambio de actitud muy claro de los agricultores. El cuestionamiento que antes era “¿debo adoptar una plataforma de Agricultura Digital?”, se ha modificado por “¿qué plataforma de Agricultura Digital debo adoptar?”. Esta sutil diferencia marca la tendencia, y en este nuevo escenario de adopción híper acelerada, las tecnologías que estén integradas cuentan con una gran ventaja. Los nuevos usuarios valoran la simplicidad y prefieren escoger plataformas abiertas y colaborativas que les aseguren la evolución tecnológica de la mano de terceros.

Así las cosas, los próximos años serán de un crecimiento muy rápido de la digitalización, lo que tendrá un efecto directo en la productividad y, eventualmente, se trasladará a precios. Como siempre, la “mayoría temprana” empujará al resto, y los siguientes adoptantes recibirán una contribución marginal de valor decreciente, dejando fuera del mercado a una parte de los escépticos actuales.

El tiempo promedio de adopción de tecnologías ha bajado drásticamente. En el siglo XX llevaba décadas alcanzar niveles de adopción mayoritarios; actualmente, unos pocos años. Las plataformas de Agricultura Digital con más relevancia en el mercado tienen menos de cinco años. Si quieres sacarle el mayor provecho a esta tendencia, el momento es ahora.